lunes, junio 16, 2008

Vacío.

- Sentado en un lugar y con la mente puesta en otro sitio. En otro totalmente distinto.
Lo rodeaba olor a tabaco, ir y venir de gente que movía ese aire que él mismo fomentaba a la tan común mezcla, y el murmullo típico de los locales a los que le gustaba ir a perderse. Fumó otro cigarrillo, dejó el paquete sobre la mesa y tras unos segundos y otros ligeros movimientos lo colocó milimétricamente a escuadra con la esquina de la mesa.
Ya desde la mañana lo tenía en la cabeza. Pero los nervios y tras un intento fallido le hizo desistir por el momento, no se sentía suelto, además de no tener ganas de complicarse el día. Reconocía tener muy mal perder, admitía sus defectos fácilmente. Sabía que era imaginatívo, con algo de talento y mucho por explotar. Pero a su vez, irascible ante las adversidades aunque paciente tras una pausa y ver las cosas en frío y desde otra perspectiva. Así que se volvió a increpar, por enésima vez, su falta de concentración. Mejor no complicarse el día.
De vuelta al presente pero sin abandonar sus pensamientos se levantó de la mesa, se acercó al camarero y saldo la deuda.
Ya en la calle y con mala gana se puso en camino para terminar el trabajo.

Abrió sigilosamente la puerta y, tras un vistazo al salón, la cerró igualmente.
Todos dormían.
Pero tenía poco tiempo antes de que fuera descubierto, antes de que todo terminara.
Fue el miedo, fue la presión, o tal vez la ilusión de volver a sentir el trabajo bien hecho. Pero sintió el volver a querer hacerlo, sin apenas dudas y con más soltura en sus movimientos.
Así, abrió el maletín. Deshizo el nudo, extendió la tela y apareció ante sus ojos todo lo necesario para la acción. Como siempre fue tocando pieza por pieza hasta colocarla en su lugar exacto.
Preparó la mezcla, 1/4 de un frasco y 1/2 de otro. Agitó durante unos segundos. Añadió el otro 1/4 restante. Todo en el mismo recipiente. Volvió a agitar y depositó la mezcla en su lugar. Donde la tenía más a mano.
Una mirada atrás para tranquilizarse de que todo seguía en orden. Todos durmiendo.
Volvió a la habitación contigua, se sentó para tranquilizarse. No era común que el pulso le temblase, pero esa tarde algo no marchaba bien.
Levantó la mirada desde sus manos, y advirtió un fondo amarillo.
Respiró, ya con más calma y se volvió a poner de pié.
El resto fue una sucesión de acciones que no podría describir. Sucedió de forma rápida, con precisión al principio y a su vista con azar al final.
Sólo podía recordar el sudor que brotaba de su cara y que recogía con un trapo que no lo tenía para esos menesteres.
Tras unos minutos, a su juicio, se vació.
Levantó la vista, soltó el material. Se apartó unos metros y abrió aún más los ojos.
Efectívamente. Había terminado.
Se miró las manos, ya no temblaban. Pero ellas delataban lo que acababa de ocurrir.
Miró al frente y ya no había vuelta a tras.
Manchadas las manos, manchadas del mismo color donde se le iba la vista cuando la levantaba.

Ahora, sólo le quedaba esperar.

Unas horas más tarde un chivatazo lo llevó a dar explicaciones.

PD. El final está a vuestra izquierda.








1 comentario:

Anónimo dijo...

...que bueno miguelete...estas hecho un artista.

Un abrazo.